Los años desnudos. Clasificada S - Crítica por Tomás Díaz
Sáb, 10/18/2008 - 22:03 — TravisBickle

Tendrá
esta excelente película la desfortuna de sufrir una condena popular
guiada por el tópico y la mala baba. Se cebarán sobre ella juicios
ignorantes centrados en un equívoco cartel, o en lo discutible de
contar con un personaje tan connotado como Mar Flores como punta de
lanza. Recibirá la esquiva arrogancia del que ignora el cine patrio, y
que ahora se acomodará en su estúpido rechazo con más razón (si cabe)
que otras veces. Pero el tiempo (espero) dictará su justa sentencia
hasta elevar la nueva obra del tándem Dunia Ayaso/Félix Sabroso como
uno de los más inteligentes, lúcidos y descorazonadores diagnósticos de
nuestra sociedad, ésa que andaba en pañales allá cuando los rayos de un
tiempo nuevo bañaban las tinieblas de este santo país.
Porque
tiene mucho de radiografía histórica LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA
"S", pero hace y cuenta la pequeña historia de un grupo de
individualidades para hablarnos de la gran épica de todo un país en
trance. Cine que nos habla de un cine y de un tiempo de cambios. El
denostado paréntesis artístico que inauguraba nuevos modos de
expresión, el insólito renacer de nuestra España posfranquista visto
desde la óptica de tres chicas (mujeres, como se encarga de apostillar
Goya Toledo) aspirantes a un mismo sueño de triunfo y libertad. En pos
de la estela que dejó el magnífico debut de Pablo Berger, TORREMOLINOS
73, esta fábula agridulce destila buen cine a borbotones.
Bueno
por sumar a su irreprochable factura uno de los cantos de humanidad que
a este cronista venía haciéndole falta desde hace meses, más si
recordamos la catatónica bandeja de estrenos nacionales. Bueno y digno
por hacer análisis sin enfangarse en lo discursivo, por elaborar un
retrato generacional armado de sutileza, candidez y aroma melancólico
sin la peste de lo rancio. Ejemplo de cine soberbio, memorable por
pincelar las ilusiones y los fracasos de tres actrices del destape
incrustando sus vaivenes emocionales, familiares y sexuales en mitad
del entorno social en tránsito. La inteligencia, el ácido sentido
crítico, el diálogo cáustico y una ternura que esquiva la
condescendencia acaban moldeando un relato más profundo y conmovedor de
lo que ojos (aún más, actitudes) simplistas puedan presuponer.

Mucho
han evolucionado los directores a nivel técnico desde aquel exabrupto
vodevilesco, un punto casposo, rociado con gotas de thriller de corrala
cañí (PERDONA, BONITA, PERO LUCAS ME QUERÍA A MÍ). Su última pieza de
arquitectura tragicómica, DESCONGÉLATE, se tiznaba de azabache en una
reelaboración del género negro con flecos de ironía gamberra muy de
barrio, el desenfado y lo grotesco empañando una intriga criminal tan
irregular como atractiva. Pero la experiencia, o será la pulsión
creativa, ha hecho que esos cimientos de amargura sirvan para erigir
aquí su película más redonda, donde las aristas dramáticas quedan al
recaudo de una lima afilada y mordaz. Las formas, de nostálgica belleza
y precisión, enmarcan la astucia del fondo narrativo cuidado al
detalle, ajeno al despropósito o la salida de tono, un contenido
desolador con personajes dimensionados a golpes de hilaridad y cinismo,
de mirada cálida y respeto, de hondo vitalismo y algún retazo tímido de
piedad en ningún momento ponderada por la mala escritura. Y es que todo
lo que se nos muestra es puro oficio que conquista el más genuino rango
artístico. Este cuento moderno de princesitas despojadas de su
ingenuidad toma el trozo de realidad palpable, cercana y castiza, la
abrillanta con un perfecto engranaje emocional y nos obliga a asumirla
sin la estridencia fácil, haciendo magia desde la crudeza, mitigando la
tristeza, incluso el acento melodramático, a base de talento, la
refinación del gusto adoquinando dramas personales y también
colectivos. Y todo sin que la parodia chabacana, peligrosa como
siempre, enturbie el resultado.

De
lógica cartesiana será apoyarse en los clichés que alimentan esta obra
para crucificarla. Lo insólito y apasionante del guión de Ayaso/Sabroso
es reconvertir ese registro de época fiel hasta la extenuación para
enunciar algo que supera la anécdota. Se nos cuenta el drama con pulso
y sobriedad, y se traza de paso el panorama de moralidad provinciana
que en los últimos años 70 empezaba a resquebrajarse a la búsqueda de
nuevas fronteras. El país progresaba (o tal vez no tanto, como se
encarga de matizar el personaje marica de la función), los gustos se
abrían ante la naciente democracia y tres jóvenes que dejaban de serlo
luchaban por realizarse en todas sus facetas. La sabia disposición del
material narrativo nos hace transitar por sendas de sentimientos en
carne viva, saliendo a nuestro encuentro un estudio sincero de la
amistad entre mujeres, adivinándose por debajo un nada panfletario
esbozo del cenutrio espíritu machista de la época (aún vivito y
coleando, por cierto). A propósito de machos, no hay que olvidar la
perfilada galería de secundarios masculinos en contrapunto perfecto,
encarnación justa del estatus de poder dentro de la industria del cine
como reflejo concreto de una posición social rayana con lo intolerable.
Quedaría cojo el comentario crítico de una película tan noble como
LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S" sin aludir a una actriz prodigiosa,
la tercera en la terna y, a mi gusto, la más brillante. Candela Peña
siempre será lo mejor de las historias en las que intervenga, incluida
ésta, de por sí muestrario de excelencias. La menuda actriz catalana
hincha de aplomo y calor cada línea de diálogo, su mirada fresca, el
gesto vivo gobierna cada plano y seduce a pellizcos de rabia y
cercanía, de vida siempre latente. Tal vez no hubiera nadie más
ajustado para un papel bombón como la dulce y vulnerable Sandra, uno de
los moldes turgentes con las que el cine se rindió a las reglas del
mercadeo. Es ella uno de los objetos de esa etapa de despertares y
legañas que tantas eyaculaciones provocaría entre la barriguda y obtusa
población, afeada aún más por los rigores de la dictadura. Una de las
tres muñecas que avivaron deseos y calentones, quizá el vértice de
mayor enjundia en este agudo catálogo de esperanzas quebradas, de
luchas íntimas por recobrar la autoestima que un mar de miradas babosas
de excitación logró mutilar.
Tomás Díaz - El quimérico inquilino <http://www.ninnystar.blogspot.com/>